Fecha: Octubre de 2007
Diario La Cruz. Córdoba
Una de las principales consignas de todos los candidatos en la pasada elección fue invitar al joven a que concurra a votar. Ese adolescente apático que descree de la política fue el blanco de la mayoría de los aspirantes a la presidencia.
Y más allá de toda ideología u orientación, se trató -sin duda- de una estrategia acertada. Vivimos en un Estado de Democracia y el acto eleccionario se convierte en un pilar fundamental de nuestro sistema. Siempre es bueno votar.
Sin embargo, en uno de los programas más vistos de nuestro país, se mantiene a ocho personas totalmente aisladas de la realidad social y política. Desde que ingresaron, los chicos no saben las cuestiones fundamentales que han ocurrido en la campaña. Por ejemplo: a la hora de entrar a GH, Menem se presumía como candidato seguro a presidente y luego de perder la elección a gobernador de su provincia se bajó inmediatamente. Tampoco saben que Carrió contaba con chances de llegar al ballotage. Cuando ellos ingresaron, lilita no llegaba al 10 % de la intención de voto. Es decir, los chicos encerrados en la casa de Gran Hermano votaron sin tener ninguna idea clara sobre las plataformas de los candidatos, y (peor aún) sin conocer lo que ha sucedido en el país en los últimos tres meses.
Así, Gran Hermano se convirtió en la excusa perfecta para ese adolescente desinteresado de la política al que apuntaban los candidatos. Charlando sobre el tema con un par de jóvenes escuché a uno de ellos que sentenciaba: “Por qué me molestan a mi, si Andrea (uno de los participantes del reality) tampoco tiene idea de lo que va a votar y mal en la vida no le va. Seguro que gana y se lleva las 150 lucas”. La reflexión de este adolescente me dejó perplejo. Inmediatamente pensé que cualquier respuesta que pudiese maquinar a semejante afirmación resultaría vaga e insulsa para un chico que admira un mundo de fantasías.
Lo más increíble es que, en parte, el joven tiene razón. Los participantes de Gran Hermano salen de la casa y, por un tiempo, se convierten en una especie de ídolos de nuestros hijos (son conocidos y famosos, entran gratis a los boliches y la mayoría hasta consiguen trabajo en la Televisión).
El análisis anterior nos lleva a reflexionar sobre la TV basura. Es incoherente pedirle a un joven que se interese en la política o en el mundo real, mientras nuestra TV les ofrece un mundo de fantasías en donde el que no hace nada, con el solo hecho de ser popular, se convierte en adinerado y famosos. A si mismo, es entendible que un menor quiera soñar con vivir eternamente en la adolescencia, donde lo único importante es relacionarse con sus amigos y divertirse. Es por ello, que sin pensarlo demasiado, eligen navegar en el mundo de Gran Hermano (cuando digo GH me refiero a todos los programas de este tipo).
Para contrarrestar esta situación, la única alternativa es controlar lo que consumen nuestros hijos. Es función de los padres manejar el control remoto. Los niños no son los dueños de la casa, no pueden hacer los que ellos quieren. Los padres deben hacer valer su rol y guiar al niño a una buena elección y alimentación a la hora de relajarse frente a un televisor.
Existen sobradas pruebas sobre los males de la TV basura y en este artículo aportamos una más. Comencemos por el principio, ayudemos a nuestros hijos a conocer el mundo real prescindiendo de programas como Gran Hermano o Bailando por un Sueño. Luego, el interés de los jóvenes por conocer quienes serán los encargadas de manejar el mundo real (del cual ya se sentirán parte) se dará por naturaleza propia.
El invitar a participar a los jóvenes sin hacer algo concreto para atraerlos no sirve demasiado. Es necesario actuar y comenzar a educar a una generación que solo entiende de diversión y no conoce mucho de valores y de moral.
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