Fecha: Marzo de 2008
Diario La Cruz. Córdoba
Entrevistado: Pablo Montemurro, sacerdote; jefe de gobierno de Unquillo.
Sabemos que no es una persona con pasado partidario. ¿Cómo conoció al actual intendente?
A Germán lo conocí como un referente del radicalismo allá por el 2000 cuando llegué a la ciudad. En la campaña a intendente del 2003 ya tuve una relación más frecuente. Para esa campaña, desde la iglesia convocamos a los tres candidatos (además de Jalil, estaban Jorge Fabrissin y Elisa Ray) para que nos cuentes sus proyectos en relación con la parroquia. A partir de ahí comencé a tener un contacto más fluido con Jalil
Mucho se debatió acerca de la relación entre la política y la religión. ¿Qué espectativas o metas se planteó usted a la hora de aceptar el cargo?
Las espectativas son muchas. Me atrae la idea de estar en un espacio de gestión pública; que si bien yo lo viví desde otro ámbito tengo un conocimiento en profundidad sobre el tema. Unquillo es un pueblo que yo quiero, respeto y admiro bastante. A lo largo de mi desempeño como sacerdote lo he visto crecer mucho, pero también lo he visto caer en algunos aspectos.
Puntualmente, ¿qué nos adelanta que va a tener prioridad en su gestión?
Yo conozco mucho a la gente y a los barrios y el gestionar la cosa pública implica una espectativa muy grande que envuelve objetivos más pequeños.
Ordenar al pueblo y tener una municipalidad a la altura de las circunstancias son objetivos primordial.
Pertenezco a un grupo de gobierno que tiene la honestidad, la transparencia y la eficacia como cualidades.
¿Qué tiene para decirnos de la persona de Germán Jalil?
Sólo puedo decir que es un intendente que fue confirmado en su segunda elección (con una alto grado de adhesión) a seguir por este camino. Camino que el decidió iniciar y que la gente respaldó.
Habiendo estado tanto tiempo ligado a la religión, ¿Qué piensa de la política? ¿Existe algún parámetro para comparar los dos ámbitos?
Este cargo (Secretario General de Gobierno) me abre las puestas para ayudar a la gente que lo necesita. Yo soy un convencido de que la política es la que tuerce los rumbos de la historia; para bien o para mal.
Es la política la que genera los verdaderos y profundos cambios; en este caso, Unquillo. Desde mi anterior función yo siempre alenté a la participación en la política. Y ahora que tuve la posibilidad y Jalil me lo ofreció no podía decir que no.
Uste ya transitó por el ámbito religiosa y ahora está en el político. ¿Desde que sector cree que se puede ayudar más a los pobres?
Desde aquí son mucho mayores las posibilidades de ayudar y sobre todo, de hacer política. Jalil ya ha hecho mucho desde la secretaría de ayuda comunitaria y yo procuro seguir en la misma sintonía.
Queremos hacer todo lo posible para que la gente tenga el crecimiento que corresponde. Y que puedan satisfacer sus derechos a la salud, a la vivienda, al trabajo, etc.
Su pasado como sacerdote ¿influye de alguna manera en su actividad actual?
Mi pasado como sacerdote influye positivamente. Conozco el pueblo, los vecinos.
Puede haber una queja o algún reclamo por mi pasado, pero yo lo tengo muy claro. Yo lo vivo con libertad. Me conozco, se quien soy y se lo que quiero ser.
En el círculo político en el que se mueve, ¿Le hacen sentir su pasado religioso?
Antes fui sacerdote, luego laburante y ahora estoy en el lugar que estoy. A mi no me limita en nada mi pasado. Siento agradecimiento hacia Germán que confió en mi y espero corresponder con mi tarea. Soy consciente que mi decisión acarrea algunos costos (algunos reclamos por no tener pasado partidario), pero estoy tranquilo y orgulloso de haber aceptado.
¿Cómo se define políticamente?
No me prendo en el juego del bipartidismo, si se puede decir que soy una persona de izquierda muy cercana al socialismo.
Ya hace casi cinco años que dejó el sacerdocio. ¿Cómo quedó su relación con la iglesia? ¿Sigue yendo a misa?
Si, los aspectos sacramentales los cumplo en la medida que puedo. Sigo siendo una persona de fe.
El hecho de que yo haya optado por abandonar el sacerdocio no me expulsa de la fe.
La iglesia, por formalidad, no me permite hacer algunas cosas, pero yo sigo siendo una persona católica y alimento mi creencia y se la traslado a mis hijos. Las prohibiciones de la iglesia no interfieren en mi relación con Dios.
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